Antes de declararle la
guerra a tu jefe y salir corriendo de la oficina,
observa detenidamente tu refrigerador. Quizá el origen
de tu ansiedad o cansancio está en los alimentos que
consumes con frecuencia.
Hoy en día la palabra estrés
tiene connotaciones muy negativas. Pero en realidad el
estrés no es ni bueno ni malo. Lo que llamamos estrés
es un conjunto de reacciones con las que la naturaleza
nos dota para hacer frente a situaciones de amenaza o
peligro, real o imaginario. Ese despliegue de
reacciones hormonales tiene como finalidad una fase de
resolución que, si se da, secreta endorfinas, las
cuales producen bienestar, optimismo y felicidad. Una
cierta dosis de estrés es, en cierto modo, la sal de
la vida. Es el lado positivo del estrés. Pero también
puede tener su lado negativo: cuando la tensión es
constante, cotidiana y desproporcionada con la
situación que lo genera, sin que exista la fase de
resolución final.
El estrés actual ha cambiado
tanto como nuestro estilo de vida. Hoy en día las
fuentes de estrés son más sutiles y constantes: un
ritmo laboral acelerado, la doble jornada, problemas
económicos ... nuestro nivel de autoexigencia,
creencias y emociones también pueden crear situaciones
penosas de tensión.
Ante una situación de estrés, el
cuerpo reacciona de muchas formas. Una es el aumento
de la liberación de hormonas como la adrenalina y la
cortisona. La primera da lugar a una serie de
reacciones encaminadas a facilitar una acción física y
mental rápida y eficaz. Entre otras consecuencias,
sube la tensión y aumenta la frecuencia cardiaca. Por
otro lado, el incremento de cortisona reduce la
eficacia del sistema inmunológico y afecta
negativamente al aparato digestivo.
¿Qué tiene que ver la
alimentación con el estrés?
Mucho, en la medida en que
influye en el estado interno de nuestro organismo.
Puede ponernos en las mejores condiciones para hacer
frente a una actividad diaria intensa y estresante, o,
por el contrario, desestabilizarnos intensamente.
Además, cuando hay estrés, el organismo consume
nutrientes con mayor rapidéz, lo que provoca la típica
sensación de apetito constante que lleva a picar a
todas horas del día, sobre todo dulces. De esta forma
aumenta la concentración de azúcar en la sangre, lo
que luego de un efímero pico de energía provoca
decaimiento. Por eso, alimentarse bien es primordial.
Además de incluir proteínas, carbohidratos y grasas,
las vitaminas y minerales no deben faltar.