16 Julio 2004

 

 

 

Más sobre el estrés - Parte 1

 

 

Antes de declararle la guerra a tu jefe y salir corriendo de la oficina, observa detenidamente tu refrigerador. Quizá el origen de tu ansiedad o cansancio está en los alimentos que consumes con frecuencia.

 

Hoy en día la palabra estrés tiene connotaciones muy negativas. Pero en realidad el estrés no  es ni bueno ni malo. Lo que llamamos estrés es un conjunto de reacciones con las que la naturaleza nos dota para hacer frente a situaciones de amenaza o peligro, real o imaginario. Ese despliegue de reacciones hormonales tiene como finalidad una fase de resolución que,  si se da,  secreta endorfinas, las cuales producen bienestar, optimismo y felicidad. Una cierta dosis de estrés es, en cierto modo, la sal de la vida. Es el lado positivo del estrés. Pero también puede tener su lado negativo: cuando la tensión es constante, cotidiana y desproporcionada con la situación que lo genera, sin que exista la fase de resolución final.

 

El estrés actual ha cambiado tanto como nuestro estilo de vida. Hoy en día las fuentes de estrés son más sutiles y constantes: un ritmo laboral acelerado, la doble jornada, problemas económicos ... nuestro nivel de autoexigencia, creencias y emociones también pueden crear situaciones penosas de tensión.

 

Ante una situación de estrés, el cuerpo reacciona de muchas formas. Una es el aumento de la liberación de hormonas como la adrenalina y la cortisona. La primera da lugar a una serie de reacciones encaminadas a facilitar una acción física y mental rápida y eficaz. Entre otras consecuencias, sube la tensión y aumenta la frecuencia cardiaca. Por otro lado, el incremento de cortisona reduce la eficacia del sistema inmunológico y afecta negativamente al aparato digestivo.

 

 

¿Qué tiene que ver la alimentación con el estrés?

 

Mucho, en la medida en que influye en el estado interno de nuestro organismo. Puede ponernos en las mejores condiciones para hacer frente a una actividad diaria intensa y estresante, o, por el contrario, desestabilizarnos intensamente. Además,  cuando hay estrés, el organismo consume nutrientes con mayor rapidéz, lo que provoca la típica sensación de apetito constante que lleva a picar a todas horas del día, sobre todo dulces. De esta forma aumenta la concentración de azúcar en la sangre, lo que luego de un efímero pico de energía provoca decaimiento. Por eso, alimentarse bien es primordial. Además de incluir proteínas, carbohidratos y grasas, las vitaminas y minerales no deben faltar.

 

 

 

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