Recientemente se le ha
reconocido a la dieta un lugar importante en el
mantenimiento de un cuerpo saludable y se ha hablado
en distintos términos acerca de las grasas, a las que
se les ha catalogado injustamente de nocivas. Las
investigaciones más actuales están cambiando nuestra
forma de ver a estas sustancias y a su relación con la
salud.
¿Qué son las grasas y
para qué sirven?
Las grasas o lípidos son cadenas
constituidas a partir del carbono, hidrógeno y oxígeno
que están presentes en tejidos animales y vegetales.
En el cuerpo las grasas sirven
como almacén de energía, ayudan a guardar el calor y
participan en un sin número de actividades biológicas
muy importantes como el transporte de vitaminas en la
sangre, por citar una de ellas.
En la cocina, las grasas
intensifican los sabores, conducen el calor, suavizan
los productos horneados y hacen que los alimentos que
las contienen nos produzcan una agradable sensación en
la boca.
En la dieta, las grasas son el
vehículo de obtención de las vitaminas liposolubles (A,E,D
y K) y de ácidos grasos esenciales que llevan a cabo
funciones específicas, además de que son una fuente
concentrada de energía.
¿Hay grasas buenas y
malas?
Como para la gran mayoría de las
cosas, las grasas no pueden considerarse completamente
buenas o completamente malas, pues todo depende de
cada caso. Todas las grasas de la dieta, cuya
clasificación veremos a continuación, son necesarias
aunque en diferente proporción:
Grasas saturadas
Son las grasas que a temperatura
ambiente son sólidas y en su mayoría son de origen
animal: la grasa de los lácteos como la mantequilla,
la grasa de la carne y el pollo, el tocino, etc. Las
excepciones vegetales son el aceite de palma y el de
coco. Las grasas saturadas han sido etiquetadas como
las «malas» y el problema con ellas, más que su
naturaleza, es que tendemos a consumirlas en exceso.
Cuando existe un sobrante de grasas saturadas en el
cuerpo, estas se adhieren a las paredes de los vasos
sanguíneos aumentando el riesgo de padecer
enfermedades cardiovasculares. Para la población en
general se ha recomendado que el consumo de grasa
saturada no sobrepase el 7-10% de las calorías
totales; los niños menores de dos años las necesitan
en mayor proporción.
Grasas monoinsaturadas
Son las grasas que a temperatura
ambiente son líquidas y que tienden a solidificarse si
la metemos al refrigerador. Las encontramos en los
aceites vegetales como los de canola, oliva y
cacahuate. Estas grasas deben representar del 10 al
15% del total de las calorías de nuestra dieta.
Grasas poliinsaturadas
Son las grasas que son líquidas
a cualquier temperatura y las encontramos en aceites
de canola, girasol, maíz y linaza. También las
encontramos en pescados grasosos como el salmón, la
macarela, y el arenque. El 10% del total de las
calorías que consumimos deben de provenir de estas
grasas.
Es importante mencionar que las
grasas insaturadas se saturan con el calentamiento por
lo que los aceites deben de consumirse crudos y evitar
usarlos para preparar alimentos fritos, pues pierden
sus características.
Como vemos, las grasas deben
representar cerca del 30% de las calorías de nuestra
dieta, lo cual es una gran proporción. Entonces, ¿por
qué la mala fama?. En primer lugar, recordemos que son
una fuente concentrada de energía, lo que significa
que en muy poca cantidad nos aportan muchas calorías y
por esto existe una gran tendencia a eliminarlas de la
alimentación para «no engordar» o para bajar de peso.
En segundo lugar, es un hecho
comprobado científicamente que comer demasiados
alimentos ricos en grasas saturadas pueden aumentar
los niveles sanguíneos de lipoproteínas de baja
densidad (o LDL por el inglés low density lipoprotein),
conocidas también como «colesterol malo».
Pero lo anterior no debería
leerse como: «elimine de su dieta todas las grasas».
Lo que debemos hacer es moderar nuestra ingestión de
grasa en general, prefiriendo las grasas mono y
poliinsaturadas y dejando cabida para las grasas
saturadas sólo ocasionalmente. Los últimos estudios
sugieren que comer alimentos ricos en grasas
monoinsaturadas y poliinsaturadas en lugar de
saturadas puede ayudar a controlar y/o bajar las
concentraciones de LDL en sangre.
¿Cómo llevarlo a la
práctica?
Basa tu alimentación y la de tus
hijos mayores de dos años en cereales integrales,
leguminosas, frutas y verduras. A esta base añádele
lácteos descremados como yoghurt, leche descremada y
quesos panela o oaxaca. Para los comidas incluye
pescado al menos dos veces por semana; escoge cortes
magros de res (sin grasa) y retira siempre la grasa
visible del pollo y las carnes antes de cocinarlas.
Evita freír los alimentos y mejor utiliza técnicas de
cocción como asado, hervido, al vapor o al horno.
Adereza ensaladas y otros
platillos con aceites de oliva, canola, maíz o nuez
en crudo. Sirve sólo ocasionalmente alimentos fritos o
empanizados y otros alimentos como carnes grasosas,
tocino o crema.
Recuerda que la moderación y la
variedad es la regla de oro en la nutrición.